Ejercicio realizado tras la primera sesión del taller Narrativa y cuidado infantil, con Silvia Nanclares. Taller online organizado por el Centro Municipal de Igualdad del Ayuntamiento de Valladolid.
Propuesta
A partir del cuento de Inuit, de Ángela Carter, publicado en su libro Cuentos de Hadas, desarrollar un relato breve con formato de cuento clásico que explique tu llegada al mundo de los cuidados.
Resultado
La primera sacudida vino con el agua. Una noche de septiembre, cuando todo el mundo se despedía del calor del verano y la rutina había tomado de nuevo la ciudad y sus vidas, llegó en plena madrugada una ola gigantesca que arrastró todos los muebles y la empujó hasta el fondo de la casa. Tras aquel chaparrón inesperado, agazapada en el suelo del baño y calada hasta los huesos, sintió el primer temblor, sin saber identificar si era a causa del frío o del miedo. No dijo nada. Permaneció allí, en silencio, mirando aquella especie de ánfora extraña que el mar le había traído antes de marcharse de vuelta a su lugar, a muchos kilómetros de distancia. Cuando a las 7 de la mañana todo empezó a funcionar, el suelo y ella se habían secado, los muebles habían vuelto a su sitio y nadie percibió que aquella lluvia se había filtrado ya, para alimentar a todas las semillas y sus futuras raíces.
Siguió el otoño. Y siguió lloviendo. Y ella continuó adelante, cuidando aquel tiesto como se cuida cualquier otro trozo de tierra en el que algún ser, todavía extraño y desconocido, crece sin pedir permiso ni atención. Aquel pequeño ser se alimentaba del sustrato que contenía la maceta y cada día lo devoraba con más ansia. Su acelerado consumo de tierra iba cediendo lugar al agua con que ella lo regaba, en la que le gustaba moverse y estirar sus extremidades, como si ese fuese el modo de hacerlas crecer. Ella trabajaba cada día para llevar a la pequeña criatura al mundo que le era propio y buscaba el mar en el horizonte, tratando de caminar hacia él como si el líquido, que iba ganando cada vez más espacio en el interior de su maceta, necesitara abrirse a otras aguas mayores. Y así, el agua fue tomando el terreno de la tierra y buscando ser afluente, como era su naturaleza. Pero el mar quedaba aún muy lejos y nunca aparecía en el horizonte y ella a veces temía que nunca apareciese, mientras sostenía como podía aquella vasija, con su pequeño ser flotando en el interior. Abrazada a aquel contenedor y a su continente, esperó en vano encontrar un océano al que verterlo.
Aquella tinaja redonda se había convertido en parte de ella misma. Había desarrollado todo tipo de sistemas para transportarla con seguridad en cualquier circunstancia y garantizar la tranquilidad del pequeño ser flotante, que nadaba y crecía feliz, aunque su espacio le resultase cada vez más limitante. Se estaba terminando la primavera y el mar nunca aparecía. Ella seguía caminando, preguntándose si estaría en la ruta correcta. Las dudas y el miedo la paralizaban y el pequeño ser flotante empezaba a tener dificultades para moverse dentro de la vasija. Iba a necesitar una más grande antes de que acabara su viaje. Quiso encontrar una nueva y entonces todo se precipitó. La vendedora de cerámicas intentó cambiar a la criatura de recipiente, ella se negó y en el forcejeo, la vasija se rompió y ella se cortó y empezó a sangrar a borbotones. El agua se derramó y el pequeño ser flotante parecía ahogarse al quedar fuera de su elemento. Ella se desangraba y lloraba, y gritaba pidiendo ayuda para aquel pequeño que no podía respirar. En medio del caos, no pudo más. Se rindió y cerró los ojos.
Cuando se despertó, estaba sola. No podía moverse y no reconocía el lugar en el que se encontraba, rodeada de árboles grises y tierra de un color que no había visto nunca. El dolor ocupó todo el espacio de su cuerpo. Lloró sin parar durante días. Las lágrimas que se fueron acumulando en su regazo formaron una pequeña charca de la que pronto brotó un arroyo, que con el incesante flujo del llanto, se convirtió en río y terminó por arrastrarla. Sin fuerzas para nada más, se dejó llevar por la corriente, agarrada a uno de aquellos troncos grises. Había perdido toda noción del tiempo cuando notó el agua salada en los labios. Abrió los ojos e identificó, saliendo a la superficie en medio de un banco de sargos, al ser del que había estado cuidando durante meses. El pequeño también la reconoció a ella. Se le acercó y le dijo: “Tengo hambre. ¿Dónde estabas?”
– No lo sé, pero ya he llegado.
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