Balance anual 2020

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Desde que nació mi hija pequeña, mi año no empieza hasta que pasa su cumpleaños, el 17 de enero. Es una buena fecha porque da tiempo a recuperarse de las vacaciones, recolocar todo y respirar un poco. Así que con dos semanas de retraso con respecto al resto del mundo, me paro a hacer balance de este año tan extraño que ha sido 2020.

Empecé el año el 17 de enero de 2020 organizando una fiesta de cumpleaños de 3 años mientras hablaba por teléfono con mi hermana que acababa de quedarse viuda. Tenía que organizar todo durante la mañana para poder dar de merendar a unas 8 criaturas de 3 a 7 años, decorar el salón, ordenar el cuarto para que pudiesen jugar, comprar el regalo, dejarles a todos colocados y salir zumbando a por el AVE que me llevaría casi directa al tanatorio. Visto en la distancia, fue un buen entrenamiento para lo que vendría después. De las risas infantiles a la tristeza absoluta en apenas unas horas. 2020 arrancaba fuerte. Y no es que después haya aflojado mucho. Enero fue un mes loco de trabajo para mi compañero de vida, dando clases después del horario laboral hasta las 10 de la noche y culminó con una semana fuera en febrero, con regreso vía Milán cuando Milán estaba en lo más alto de la primera ola. Lo dicho, toda una declaración de intenciones. Y cuando pensábamos que no podíamos estar más agotados y soñábamos con que llegase marzo para bajar un poco el pistón, nos vimos encerrados en 95 metros cuadrados (benditos 95 metros cuadrados, también lo digo) con dos niñas, 24 horas, 7 días por semana. No, 2020 no iba a darnos ninguna tregua.

El confinamiento fue como para todo el mundo, una cosa loca que no sabíamos cómo gestionar. Pusimos reglas que nos saltamos, hicimos horarios que no cumplimos, grabamos vídeos para felicitar cumpleaños, cocinamos bizcochos que tuvimos que regalar a los vecinos para no morir con las arterias saturadas de azúcar, acumulamos harina y levadura que todavía guardamos en el armario, saltamos y bailamos en familia, nos asomamos de vez en cuando a las ventanas, alguna vez aplaudimos (no mucho, la verdad, porque nuestras ventanas nos lo ponían difícil y somos un poco vagos) y seguimos todos los pasos que había que seguir para mantener una cierta estabilidad mental. También discutimos, nos gritamos, nos divorciamos 5 veces, nos reconciliamos, lloramos, quisimos tener más hijos y pensamos en irnos de Madrid. Por suerte para todos, solo cumplimos esto último. En abril empezamos a pensar mudarnos al pueblo de mis padres. En mayo ya estábamos hablando con la directora del colegio y con la secretaria del ayuntamiento de nuestro nuevo destino. Para junio ya no aparecíamos en el censo de la ciudad de Madrid.

Mientras todo esto pasaba, en Valencia mi familia sobrevivía como podía a la muerte de mi cuñado y al alzheimer de mi padre, y en Bilbao mi sobrino, del que me despedí con 3 meses de vida, se convertía en un niño cada día más autónomo al otro lado de una pantalla. Nos hemos perdido los achuchones de su primer año y todo apunta que nos perderemos también gran parte de los del segundo. Nuestros mayores se han ido haciendo cada vez más dependientes, el alzheimer de mi padre lo ha dejado paralizado en un sillón del que apenas puede levantarse para llegar a la cama. Uno de mis tíos se ha quedado con un 10% de vista y otro ha empezado a tener problemas de corazón que hacen que tengamos que acompañarle al médico y/o a urgencias constantemente. Puesto que no tengo primos, que mis tíos sean dependientes es algo que también tenemos que asumir mis hermanos y yo.

La parte buena de todo esto es que, al trabajar en el sector digital, se me han presentado muchos nuevos e interesantes proyectos. Profesionalmente, parece que es un buen momento. ¿Lo es realmente? Lo sería si tuviese la capacidad de desconectar de la realidad que me rodea. Pero no la tengo. Todo a mi alrededor acusa el hartazgo de esta pandemia que se nos hace eterna. Mis hijas y mis mayores ocupan más espacio en mi cabeza que los proyectos profesionales. No es algo voluntario, es que tengo poca energía y me quedo en la inmediatez del que me requiere de manera más insistente. Y nadie es más insistente que un niño o un anciano. Supongo que habrá estudios al respecto que expliquen cómo, ante esta situación de bloqueo, no podemos mirar más allá de lo que tenemos delante de nuestras narices. Ojalá los encuentre, me encantaría ponerle un nombre a esto que me pasa que no sea «me estoy volviendo gilipollas».

Así que mi balance de 2020 ha sido: un duelo, un confinamiento, una mudanza al campo, un aumento en mi facturación anual, un padre con Alzheimer, un tío casi ciego de 90 años, otro de 75 con una arritmia, dos hijas descolocadas que echan de menos Madrid, una vida metida en cajas a la espera de la casa definitiva que nos permita vivir cómodamente, tres sobresalientes en un máster que no sé si podré retomar, un perro adoptado y este blog que empecé hace unos meses. Desde luego no es, ni de lejos, lo que yo esperaba cuando empezó el año. Pero a pesar de todo, me siento afortunada. 2021, bienvenido. Hoy empieza todo.

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