La rueda

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Muchas veces cuando estoy en medio de esta terapia que está siendo para mí escribir un blog, me pregunto a mí misma (y me imagino a muchas personas de mi familia haciéndolo) si escribiría todas estas cosas si hubiese alguna remota posibilidad de que mi padre se pusiese bien y leyese esto en el futuro. Creo que, efectivamente, la respuesta sería no. Mi padre siempre ha sido una persona para la que la opinión de los demás era más importante que el estado real de las cosas. Si él leyese esto, se enfadaría muchísimo conmigo por airear lo que él consideraría sus vergüenzas, sin darse cuenta de que son también las mías y sin caer en que las miserias de uno, rara vez son exclusivas. Vamos, que en todas partes cuecen habas y que mi objetivo no es ni mucho menos el de recriminar o reprochar nada a estas alturas de la vida. Es simplemente, un acto de desfogue ahora que los largos encuentros con los amigos quedan tan lejos tanto física como conceptualmente.

Mi padre siempre ha sido una persona muy literal. Y yo, demasiado cobarde como para defenderme en un cara a cara. En un intento de disculpa, siempre me justifico con que lo mío, más que cobardía, es lentitud. Soy una persona exasperantemente lenta. Soy plenamente consciente de ello porque también me desespero a mí misma aunque el resto no os deis cuenta. Me encantaría ser rápida y fresca, pero no lo soy. Eso, en la época en la que vivimos, es un lastre enorme. No soy capaz de gestionar la inmediatez de las redes, los dobles sentidos, la chispa del momento. A mí las genialidades se me ocurren tres días más tarde y no me caben en 280 caracteres. Tampoco soy ágil en el debate ni sé defender mis posiciones. Rehuyo confrontar opiniones por miedo a quedarme sin argumentos en mitad de la pelea y soy más de correr en dirección opuesta que de hacer frente, ni física ni dialécticamente. En eso envidio a veces a mi padre porque al menos él supo adoptar el discurso que le era cómodo y hacerlo suyo. El obrero tory del que hablaba Doris Lessing por boca de la protagonista de El cuaderno dorado. Yo, pudiendo ser como ese hijo aplicado y eficaz del obrero tory, me he negado y he interiorizado completamente la conciencia de clase, pero, al mismo tiempo, soy incapaz de desplegar mis armas para defenderla. Sí, efectivamente, me siento doblemente cobarde y a menudo me culpo por ello (y ya no entro en el hecho arrastrar la culpabilidad como algo intrínseco a mi condición de mujer. De eso, mejor hablamos otro día).

Me he quedado a medio camino de todo y solo me queda volcarme en este ejercicio de desahogo que llevo a cabo desde que la vida se me ha dado la vuelta en medio de esta pandemia planetaria. No parece tener demasiado sentido escribir un diario público que seguramente no lea prácticamente nadie. No, no lo tiene, en absoluto. Pero, ¿acaso un diario privado lo tiene? ¿Acaso no escribimos diarios a escondidas esperando que alguien los encuentre, los lea y nos saque de ese agujero en el que vivimos? Una especie de síndrome del príncipe azul. Pocas veces he sido capaz de llevar con cierta regularidad un diario y jamás he abierto ninguno después de escribirlo. Me aterra mirar atrás. Ya lo he dicho, soy muy cobarde. Tampoco he querido nunca tener dibujos míos colgados en casa, ni cuadros. Y odio ver mis propias fotos, aunque con un marido fotógrafo, he tenido que acostumbrarme. Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor, ¿quién puede creer semejante bobada? El tiempo nos hace más sabias y eso está por encima de toda discusión. También nos hace más conscientes de todas nuestras equivocaciones y eso duele. Hay que enfrentarlo. Y es horrible. Pero nos evita más errores futuros. Una tía de mi marido me dijo una vez que es una desgracia ser muy guapa con 20 años porque a partir de ahí, ya solo puedes ir a peor. En cambio si no eres especialmente agraciada, pero sí lo suficientemente lista, tienes margen de mejora. La degradación del cuerpo nos llega a todos; el aprendizaje solo a las que están atentas.

Mucha gente solo tiene una vida: la que se encuentra. Otras intentamos construir una vida contra el futuro que parecíamos tener predestinado. No todas lo conseguimos y a veces parece que hagamos lo que hagamos, el destino nos devuelve a la casilla de salida una y otra vez. Luchamos todo el tiempo contra ello, sin ninguna garantía de éxito. Y cada vez los regresos son más duros. Porque cada retorno, volvemos más viejas y eso nos hace más conscientes de que nos queda menos tiempo para conseguir salir de donde nunca hemos querido estar. Hay que ser muy tenaz para romper con el pasado y controlar la parte que se nos queda dentro. Ahora que la epidemia nos hace mirar hacia nuestros mayores, quedarnos en casa, cuidar de lo nuestro, nos vemos obligados a retornos más o menos forzados, ya sean físicos o emocionales, y a pasar tiempo con el enemigo del que llevamos toda la vida intentando huir: el primero de nuestros yos y su irremediable destino.

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