Uno de los recuerdos que mantengo más marcados de mi infancia es el olor de la colonia de mi padre por las mañanas. Él siempre se levantaba el primero, siempre muy temprano. En su habitual papel de tirano doméstico, se enfurecía si alguien osaba entrar al baño antes que él y retrasaba algunos minutos sus rutinas de aseo. Era bastante raro que eso sucediese, porque él madrugaba muchísimo, pero a veces pasaba. Quien se hubiese atrevido a quebrantar esa regla no escrita, recibiría una buena ración de gritos y reprimendas, sin importarle que fuesen las seis de la mañana y que los vecinos aún durmiesen, así como la amenaza del primer castigo que se le pasase por la cabeza, castigo que rara vez se cumplía porque como hemos averiguado después con nuestras hijas, demasiadas veces los castigos acaban volviéndose en contra de los padres.
Cuando mi padre salía del minúsculo baño de nuestra casa familiar, había dos cosas que me molestaban sobremanera: la cantidad de agua que derramaba por todo el lavabo y el olor de su colonia. Toda su vida usó el Agua de Colonia Concentrada de Álvarez Gómez. No sé muy bien de dónde salió ese hábito, pero sospecho que venía del que fue su jefe durante su juventud, un conocido abogado de derechas que le sacó del pueblo y de la miseria de la posguerra para que fuese su chófer, en régimen de algo que ahora consideraríamos cercano a la esclavitud, pero que por aquel entonces no solo se aceptaba, sino que además se vivía con absoluta entrega y agradecimiento dada la escasez de alternativas, como era el caso de mi padre. De él copió muchas costumbres y algunas manías un tanto ridículas, como su manera de tomar el café levantando el dedo meñique, que también me ha molestado siempre. Imagino que esa obsesión por levantarse temprano y dedicar tanto tiempo al aseo personal vendría de aquellos años 50, en los que mi padre tenía que llevarle de Valencia a Madrid (y a la inversa) dos días por semana, saliendo antes de las 6.00 de la mañana del punto de origen.
Tal vez sea por eso que también asocio ese olor a la derecha más madrileña y más rancia. Con ese sentido de madrileño capitalino, prepotente y chulesco, detestado desde la periferia. Me imagino a Pablo Casado o a Iván Espinosa de los Monteros oliendo a Álvarez Gómez. Un olor de esos que te hacen encogerte cuando te cruzas por la calle con alguien que huele así. Un olor que te taladra la pituitaria y que no desaparecería ni respirando aguarrás. Un olor que se queda ahí, para que no se te olvide quién manda (y, por supuesto, no eres tú). Al fin y al cabo, ¿no son los perfumes auténticas declaraciones de intenciones? Como en la novela de Patrick Suskind, quien domina los olores, domina el corazón de los hombres. Escoger un perfume es, por tanto, escoger cómo queremos ser y tapar con él lo que en realidad somos: nuestro olor personal, ese que enamora o genera repulsión, el que nos identifica y nos delata irremediablemente. Los perfumes, que visten más que los vestidos. Bien lo saben quienes tratan de vendérnoslos que, ante la imposibilidad de que olamos su producto en la distancia, generan universos, a veces un tanto ridículos, a los que prometen trasladarnos cuando utilicemos sus fragancias. Rara vez logran sacarnos de nuestro anodino día a día, pero eso poco importa cuando ya hemos picado. Seguramente cuando se acabe el frasco, habremos olvidado el engaño y volveremos a caer.
Imagino que a mi padre le pasaba algo así. Cuando se ponía aquella colonia, él se veía como aquel abogado de éxito que se reunía con políticos de primera fila hasta bien entrados los 80, en su despacho de la calle Serrano 3, donde mi padre ha peregrinado después durante años, cada vez que visitaba Madrid. Se acicalaba, se ponía una corbata y se iba paseando él solo, hasta la Puerta de Alcalá, como para asegurarse de que el edificio seguía en el mismo sitio. Luego volvía a buscarnos a mi madre y a mí. Ese olor, para mí tan desagradable, que representaba todo lo que yo quería dejar atrás, era para él el ancla que le mantenía agarrado a los momentos gloriosos de su pasado, cuando su lealtad incondicional le sacó de una miseria casi segura y le dio la oportunidad de subir un escalón en el sistema, aquel sistema que le había negado todos los recursos pese a ser un estudiante brillante de niño y un adolescente con una cierta inquietud que le llevó a iniciar algunos negocios, negocios que mis abuelos a duras penas pudieron continuar sin su ayuda cuando él se marchó del pueblo.
Ese olor tan presente y tan importante durante tanto tiempo en la vida de nuestra familia, ha desaparecido. No queda ni rastro de él en casa. Mi padre ya no es capaz de asearse solo y mi madre parece haber desterrado el frasco, a modo de pequeño golpe de estado familiar, porque sospecho que la colonia producía en ella el mismo efecto que me ha provocado a mí a lo largo de todos estos años. A pesar de llevar pañales para dormir, cada mañana mi madre y la persona que le acompaña ese día (yo, cuando me toca), tienen que enfrentarse al olor de los orines empapando la cama, olor que se mezcla con el del jabón de Marsella y el de los litros de suavizante utilizados cada día para lavar las sábanas. Luego el jabón con el que lavamos su cuerpo blando y tan limitado, la crema hidratante, el desodorante. Una mezcla de olores que conviven haciendo que el olor agrio del pis se diluya y que, sin llegar a anularlo del todo, sí logran que, aunque desagradable, sea al menos un poco más llevadero. Hasta hace un par de semanas no reparé en que mi padre ya no olía a Álvarez Gómez. Fue el día en que entré en el baño, preocupada porque no salía, y me lo encontré sentado en el retrete, con la tapa bajada y los pantalones puestos, descansando, y con la mirada fija en los azulejos de la pared. Hace unos años, esa misma acción de abrir la puerta y encontrar a mi padre me hubiese hecho dar un paso atrás, aderezado con más de un improperio por su parte y una nube de perfume concentrado saliendo a presión. Ahora, sin embargo, entro y le tiendo la mano, le ayudo a levantarse y le acompaño al salón. Le siento en su silla, al frente de la mesa, y le saco su desayuno de siempre: un vaso de leche con nescafé descafeinado y dos tostadas de pan de ayer con aceite. Ya no hay olor a colonia, ni comentarios sobre los titulares del periódico, ni quejas si algo no está a su gusto en el desayuno. Parece que la persona que siempre quiso ser cuando se ponía aquel perfume también ha ido borrándose con la enfermedad y el Alzheimer nos ha devuelto al niño de la guerra que fue, frágil e indefenso, que nos mira y nos sonríe, pidiéndonos que le tendamos la mano.
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